La participación social y comunitaria es esencial para comprender y abordar adecuadamente la situación de salud en una población, asegurando que las intervenciones sean efectivas, equitativas y sostenibles; de cumplirse, las comunidades tendrán un conocimiento profundo sobre sus propias realidades, necesidades y problemas de salud. Involucrar a los miembros de la comunidad permite identificar factores que pueden no ser evidentes para los profesionales de la salud o investigadores externos.
La participación activa de la comunidad empodera a sus miembros, fomentando una mayor conciencia sobre su salud y bienestar. Esto puede llevar a un aumento en la responsabilidad personal y colectiva hacia la salud, se pueden diseñar e implementar programas de salud que sean más relevantes y efectivos, adaptados a las necesidades y contextos específicos de la población, así como fomentar la creación de redes de apoyo y solidaridad entre los miembros de la comunidad, lo que puede mejorar la salud mental y física, además de catalizar cambios en políticas públicas y prácticas sociales, promoviendo un entorno que favorezca la salud y el bienestar.